sábado, 9 de enero de 2010

VIVIR PARA VER



HABLA SIL.

A traves de este blog llegue a conocer a Sergi Serrra, que me prometio que me estaba escribiendo un texto sobre sus experiencias en el Bar Fantastico, y por fin, despues de una larga espectativa por parte mia, el Sergi me ha llegado a enviar este texto suyo, de exquisito lenguaje y divertidas paradojas fantasticas, que me han dejado asombrada....espero que os asombre tambien a vosotros tanto como a mi....


Foto de Sergi para fin de año en nuestro local de ATX

HABLA SERGI SERRRA
Cada viernes, a las seis en punto de la tarde, solía recorrer el corto camino que separaba la radio, en la Plaza Real, del Pasaje Escudellers. Por aquel entonces yo formaba parte del núcleo activo de Ràdio Contrabanda, una de las radios libres de la ciudad de Barcelona, junto con Radio Bronka y Ràdio Línia IV, y eventualmente Ràdio PICA (digo eventualmente porque siempre hubo tres opiniones enfrentadas al respecto: Los que defendían que Ràdio PICA era una radio libre; los que afirmaban que, aplicando los criterios del Manifiesto de Villaverde, no podía ser considerada de ninguna de las maneras una radio libre, por su estructura no asamblearia; y los que se la sudaba, es decir decir, el propio Salvattore Picarol).



Eran buenos tiempos para las radios libres, y en concreto para Contrabanda: En la huelga general del año 91, los servicios informativos de TV3 siguieron el desarrollo de los acontecimientos a través de nuestra emisora; por proximidad física, fuimos los primeros en ofrecer la noticia de que el Liceu estaba en llamas (¡yupi!); durante las fiestas de La Mercè del 95 fuimos la radio oficial del B.A.M.... Pero, lamentablemente, pronto comenzaría a degenerar. Las asambleas se convirtieron en luchas intestinas; llegaron unos cuantos modernikis insustanciales a los que solamente les faltaba llamarnos fachas por querer hablar nuestro idioma, el catalán, en nuestro país, Cataluña; proliferaron los estudiantes de periodismo llenando el curriculum, okupis de buena familia que iban de radicales entre los radicales y se atrevían a llamar “puretas” a los miembros fundadores, tarados varios, y lo que había sido un útil medio de contrainformación en una época en que Internet era cosa del futuro, derivó, salvo algunas honrosas excepciones, en una radiofórmula estúpida a la altura –o habríamos de decir bajura– de cualquier taller de radio de barrio. Para colmar el vaso, un tufo sexista comenzó a enrarecer el ambiente. Se creó el “Grup de dones”, y estas empezaron a celebrar sus reuniones de acceso exclusivo a mujeres. Óscar –el responsable técnico– y yo solíamos acudir al piso del Passatge Madoz los viernes por la tarde solamente para ver sus caras de odio hacia nosotros, por atrevernos a profanar sus aquelarres con la presencia de nuestra asquerosa masculinidad. No tardaron en acusarnos de la desaparición de un equipo para quitarnos de enmedio. Más tarde se supo que una de ellas lo había llevado a reparar y no se habían molestado en ir a recogerlo, pero yo aún sigo esperando unas palabras de disculpa por la injuria vertida sobre mí.

Decidí borrar definitivamente Contrabanda de la memoria de mi receptor el día que un tipo soltó por antena “Yo no tengo nada contra los maricones de nacimiento, ¡pero los que son de vicio, me dan un asco...!”. Algunos antiguos miembros de la radio llegamos a plantearnos desalojar el local a tortazos o llevarnos los equipos que nosotros nos habíamos currado y esta gente se había apropiado.

Al aproximarme al bar, solía escuchar la canción Burn'em Down, de los Abrasive Wheels, que era la que abría el disco Punk and Disorderly III. The Final Solution. Unos metros más allá, Siuxie Sioux, desde un retrato en blanco y negro en la puerta, daba las buenas tardes al visitante.

El Bar Fantástico estaba regentado por David y Billy Dass, dos hermanos pakistaníes que recalaron en Barcelona tras una breve estancia en Londres, donde tuvieron ocasión de conocer in situ los inicios del fenómeno punk británico. A decir verdad, el hermano más punk era Billy. David, tal como evidenciaban tanto su larga melena negra como sus camisetas de Motörhead, era más metalero. Un tercer hermano, Abel, trabajaba por aquel entonces como camarero en el restaurante La Fonda, en la esquina del Pasaje Escudellers con la Calle Escudellers.

Sin lugar a dudas, el Fantástico había conocido tiempos mejores. Ahora, a mediados de los noventa, quedábamos unos pocos clientes habituales. Muchos de los que antaño frecuentaban el bar eran ya felices padres y madres de familia que habían dejado atrás las locuras de juventud; en algunos casos, la heroína se había cobrado su tributo; otros habían emigrado a nuevos locales musicales, e incluso hubo quienes se pasaron al lado oscuro. En una ocasión, caminando con Billy por la calle, fui testigo de cómo un policía lo saludaba de manera efusiva. Resultó ser un antiguo cliente.

De la vieja guardia recuerdo especialmente a Miquel, un punk que entonces tendría poco más de treinta años –¡todo un anciano para mí en aquellos años!–. A Miquel, siendo un adolescente, un día de finales de los setenta se lo llevó su tío al aeropuerto de El Prat, donde este trabajaba, porque quería enseñarle algo. Desde hacía unos días se podía ver por los pasillos del aeródromo unos jóvenes estrafalarios provenientes de Londres que se hacían llamar punks. Y Miquel decidió, nada más verlos, que él también sería un punk.

Un personaje bastante pintoresco que se dejaba ver a veces por el Fantástico era un tal Makoki. Era un skin que rondaba ya la cuarentena. Lucía un mostacho al estilo vikingo, una boina negra de dos palmos de diámetro y pulseras de cuero con tornillos a modo de pinchos. Solamente una vez estuve charlando con él, y no tardé en comprender que no era el tipo de amistad que pudiera reportarle a uno grandes satisfacciones. Tras contarme unas cuantas historias sobre tías a las que se había tirado al poco rato de conocerlas que, la verdad, poco me interesaban y sonaban a argumento de película porno de baja estofa, comenzó a explicarme que habría que bombardear a los negros como solución humanitaria para librarlos de la miseria, y finalmente me propuso salir en busca de algún indigente para apalizarlo. Busqué alguna excusa para librarme de su compañía y no volví a dirigirle la palabra. El tipo tenía bastante predicamento entre los pies negros que mendigaban en la plaza George Orwell, los cuales en ocasiones venían al Fantástico para lucir sus peinados y actitudes de Sid Vicious de tres al cuarto ante los pringados que hacíamos pocas tan poco punks como asearnos o estudiar.

–¿Tú qué haces, curras o qué? –Le preguntó un día un tipo a mi amigo Sergio Reina.

–Estudio C.O.U.

–¿Cómo que estudias?¡Pero si un punky no tiene que estudiar...!

Tengo también presente en mi memoria la imagen de Boliche sentado frente al tirador de cerveza, en los bancos más cercanos a la entrada. Con él, la verdad es que no recuerdo haber mantenido ninguna conversación, pero es que lo mío no han sido nunca las relaciones públicas.

Entre la savia nueva había Luis, el lampista que acometió la última reforma del local cuando el Ayuntamiento obligó a insonorizarlo; Esther, una jovencísima chavala de l'Hospitalet; Carol, una chica del barrio de Sistrells de Badalona; una pareja de siniestros muy simpáticos de los que lamento no recordar sus nombres; dos chicas de Mataró que solían venir juntas, una de las cuales explicaba sin ruborizarse, como si fuera algo gracioso, “mi hermana es nazi”; esta a veces venía con su novio, un alemán con el que solía acabar a tortazos; y mis colegas Jordi, Sergio y Fran.

El local era alargado y se dividía en dos partes, una exterior, donde se encontraba la barra, y otra interior a la que se accedía bajando tres o cuatro peldaños; allá había un televisor que emitía incansablemente, una y otra vez, los mismos videos de Madness, Toy Dolls y Kortatu. Al fondo, los lavabos, siempre mugrientos y con los suelos llenos de orines.


De izquierda a derecha, yo (Sergi Serrra), Sergio Reina y Jordi "El Baffles" en el fondo del Bar.


El mobiliario del Fantástico era bastante rústico, rozando lo rupestre. Los taburetes junto a la barra, entrando a la izquierda, estaban hechos de obra y alicatados con baldosas azul celeste, y las mesas y bancos que había tanto a la derecha del pasillo como en la parte interior eran también del mismo estilo arquitectónico, que un servidor de ustedes no sabría precisar si se trataba de dórico, jónico o corintio.


Aqui Billy junto a mi amigo Sergio Reina en la barra colindada por esos odiosos taburetes de racholas

En el Fantástico no había apenas concesiones a las nuevas bandas musicales. Billy pinchaba día tras día en el viejo giradiscos de doble plato los mismos discos que un día trajera consigo de Londres, así como algo de rock radikal vasco. De las carpetas no quedaba ya más que dos testimoniales obleas de cartulina separadas entre ellas, de forma más o menos redondeada y que apenas alcanzaban a cubrir los vinilos.

Los veteranos nos explicaban historias que nos dejaban con la boca abierta, como las pretéritas visitas de los Centuriones -los actuales Hells Angels- en busca de pelea; o cuando un fugitivo de la policía, pistola en mano, entró a refugiarse en el Fantástico. David pudo abalanzarse sobre él e inmovilizarlo, pero no se les ocurrió a los policías nada mejor que pedirle que soltara a su presa cuando todavía esgrimía el arma. Pensaron que, encontrándose acorralado y siendo apuntado por varios cañones, no ofrecería resistencia. Nada más lejos de la realidad. En cuanto se sintió liberado del abrazo del grandullón, se volvió contra este y le disparó en una pierna. Otro proyectil fue a parar contra una pared, y el agujero quedó allá como un testimonio para las futuras generaciones.

La historias que yo viví fueron, por fortuna, más hilarantes, como el día que habiendo jugado el Athletic Club en Barcelona, el bar se llenó de seguidores bilbaínos. Enseguida congeniaron con los parroquianos habituales, y estuvimos horas discutiendo sobre fútbol –yo más bien escuchaba, porque el balompié es una cosa que provoca bastante indiferencia–, política –esa misma semana, la organización armada E.T.A. había matado al concejal donostiarra Gregorio Ordóñez– y música. Cuando sonó por los altavoces la versión interpretada por los R.I.P. del himno Lepoan hartu la segi aurrera, de Telesforo Monzón, decenas de bufandas e Ikurriñas se pusieron a girar sobre nuestras cabezas. Llegada ya una hora bastante avanzada de la madrugada, los visitantes comenzaron a retirarse, y fue tras la marcha de un grupo de vascos que uno de los jarraitus que estaban charlando conmigo empezó a gritar como un poseso: “¡Una bomba!¡Esos vascos se han ido y han dejado una mochila bomba ahí encima!”. Efectivamente, alguno de ellos, aturdido por el alcohol, no se había acordado de recoger su bolsa, que había quedado solitaria sobre una mesa.

Otro momento divertido que recuerdo fue el día que, estando el bar abarrotado, con la gente charlando y riendo y la música sonando a todo trapo, por alguna extraña conjunción planetaria, todo el mundo decidió guardar silencio en el momento en que se terminaba la canción, y de una esquina donde un chico y una chica se encontraban charlando, la voz de él vino a romper el silencio: “Me parece que me estoy enamorando”. Una espontánea carcajada general invadió el Fantástico.

Los últimos tiempos del Fantástico, antes de cambiar de manos y convertirse en el club de modernos que es hoy, fueron una sucesión de infortunios.

Para empezar, un día recibieron David y Billy una citación de los juzgados de Primera Instancia de Via Laietana. Al parecer, un inspector de la Sociedad General de Autores había estado sacando fotos del equipo de música y de la inscripción “bar musical” del rótulo exterior y había presentado una denuncia contra el local por no abonar el canon.

Billy andaba en esos días liado de papeleo para obtener la nacionalidad. Un par de veces que lo acompañé al Gobierno Civil –la actual Delegación del Gobierno– pude experimentar cómo tratan nuestras instituciones a los inmigrantes. Una enorme cola recorría la fachada hasta una puerta del Paseo de Isabel II, y un agente de policía iba increpando a los presentes:

-¡A ver, por favor, en fila!¿¡Es que no os enteráis o qué!?¡Contra la pared, detrás de la valla amarilla, no interrumpáis el paso!¡Que parecéis tontos!

Para acabarlo de rematar todo, un expediente sancionador del Ayuntamiento, creo recordar que por cerrar más allá del horario estipulado, obligó a cerrar el bar durante varias semanas, y una inspección del mismo Hay-Untamientu obligó a realizar una serie de reformas, como el aislamiento acústico, la iluminación de los escalones, la instalación de un limitador en el equipo de sonido y ¡hasta la colocación de máquinas secamanos en los lavabos!

David se había marchado recientemente a Nueva York a probar fortuna, y Billy tuvo que cargar con todos los problemas, sucumbiendo finalmente al acoso y debiendo cerrar el negocio.

Billy, en la actualidad, sigue trabajando como camarero, muy cerca de donde está el que un día fue su bar, y que ahora ha sido rebautizado como “Club Fantástico”.

SERGI SERRRA

HABLA SIL
Y este es el Bar Fantastico en la actualidad

Este es el antiguo Zeleste convertido en esta horrible tienda de moda llamada DESIGUAL como si quisiera llamarse CONTRAHECHO pero en finolis, en plan pijo, con la lucrativa intencion de embaucar a la juventud rebelde con ropa rebelde , pèro que no es rebelde ni na, ni lo uno ni lo otro, ni la ropa ni la juventud que se la pone



Este es el antiguo bar Los Cerdos convertido en una pizzeria finolis regentada por unos chinos

Y este si no me he equivocado de porteria es lo que queda del Cafe Volter


VIVIR PARA VER

SIL

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NUEVA AMPLIACION DE ESTE POST

Solo para añadir la carta de complacencia que me ha enviado SERGI SERRRA en ultimo termino
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HABLA SERGI SERRRA

¡Hola, Silvia!

Gracias por publicar mi modesta aportación y por complementarla con fotos de tu cosecha.

Llámame como quieras ¡Queda gracioso, como has escrito mi apellido!

El texto me ha servido para replantearme cosas. Durante mucho tiempo he separado entre aquellos años fantásticos y la monotonía actual, y gracias al ejercicio mental que ha representado ponerme delante del teclado, me he dado cuenta de que he sido yo quien ha convertido todo aquello en pasado, y nada me impide disfrutar como entonces ¡Me has quitado quince años de encima, Silvia!

Un abrazo con Loctite.
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1 comentario:

Sonia SANDOVAL LODOS dijo...

Hola !!!Soy Sonia,la mujer de Billy
Como todos Sabeis el puto cancer se lo llevo tras una larga lucha el 14 de Octubre de 2013 .. quisiera agradecerós por poner un trozito de el y mi cuñado David e cual tambien por desgracia tambirn fallecio unos años antes.
Me ha gustado leerlo gracias