jueves, 28 de agosto de 2008

Barcelona se llamó "La rosa de fuego"

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LA REVOLUCIÓN QUE SE HIZO CON EL CORAZÓN
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LA UTOPIA QUE FUE REALIDAD

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LA PRUEBA IRREFUTABLE DEL PODER Y FUERZA QUE CONSIGUE LA UNIÓN DE LOS HOMBRES CON DETERMINACIÓN DE JUSTICIA
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TODOS LOS IDEALES SON POSIBLES SI HAY HOMBRES QUE CREEN EN ELLOS
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LOS HOMBRES SIN IDEALES SON PURO REBAÑO
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GEORGE ORWELL
A continuación un fragmento de su libro Homenaje a Catalunya
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En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a un miliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales.

Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto rudo, cabello amarillo rojizo y hombros poderosos. Su gorra de visera de cuero estaba fieramente inclinada sobre un ojo. Lo veía de perfil, la barbilla contra el pecho, contemplando con expresión de desconcierto el mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Algo en su rostro me conmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida por un amigo, la clase de rostro que uno esperaría encontrar en un anarquista, aunque casi con seguridad era comunista.
Había a la vez candor y ferocidad en él, y también la conmovedora reverencia que los individuos ignorantes sienten hacia aquellos que suponen superiores.
Evidentemente, no entendía nada del mapa, y parecía que consideraba su lectura como una estupenda hazaña intelectual. Casi no puedo explicármelo, pero rara vez he conocido a alguien por quien experimentara una simpatía tan inmediata. Mientras charlaban alrededor de la mesa, una observación puso de manifiesto mi origen extranjero. El italiano levantó la cabeza y preguntó rápidamente:

—¿Italiano?

Yo respondí en mi mal español:

—No, inglés. ¿Y tú?

—Italiano.

Cuando íbamos a salir, cruzó la habitación y me apretó con fuerza la mano.
¡Resulta extraño cuánto afecto se puede sentir por un desconocido! Fue como si su espíritu y el mío hubieran logrado momentáneamente salvar el abismo del lenguaje y la tradición y unirse en absoluta intimidad. Deseé que sintiera tanta simpatía por mí como yo por él. Pero sabía que para conservar esa primera impresión no debía volver a verlo, y así ocurrió en efecto. Uno siempre establecía contactos de ese tipo en España.

Menciono a este miliciano porque su figura se ha mantenido muy viva en mi memoria. Con su raído uniforme y su rostro feroz y patético simboliza para mí la atmósfera especial de aquella época. Permanece asociado a todos mis recuerdos de aquel período de la guerra:las
banderas rojas en Barcelona,los largos trenes que se arrastraban hacia el frente repletos de soldados zarrapastrosos,las ciudades grises agobiadas por la guerra a lo largo de la línea de fuego,las trincheras heladas y fangosas en las montañas.

Esto ocurría hace menos de siete meses, a finales de diciembre de 1936, no obstante lo cual me parece que aquel período pertenece ya a un pasado remoto. Acontecimientos posteriores lo han esfumado hasta tal punto que podría situarlo en 1935, y hasta en 1905. Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos,pero ingresé en la milicia casi de inmediato,porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud
concebible.Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña, y la revolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzo probablemente le parecería,
incluso en diciembre o en enero, que el período revolucionario estaba tocando a su fin;pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible.Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas.Casi todos los edificios,cualquiera
que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios;casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas.Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro.Camareros y dependientes miraban al cliente cara
a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor,o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días. La ley prohibía dar propinas desde la época de Primo de Rivera; tuve mi primera
experiencia al recibir un sermón del gerente de un hotel por tratar de dársela a un ascensorista. No quedaban automóviles privados,pues habían sido requisados, y los tranvías y taxis, además de buena parte del transporte restante, ostentaban los colores rojo y negro. En todas partes había murales revolucionarios que lanzaban
sus llamaradas en límpidos rojos y azules, frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro. A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitada por una muchedumbre,los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo el día y hasta muy
avanzada la noche. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extrañeza me causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir. Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente «bien vestida»; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o alguna variante del uniforme miliciano. Ello resultaba extraño y conmovedor. En todo esto había mucho que yo no comprendía y que, en cierto sentido, incluso no me gustaba, pero reconocí de inmediato la existencia de un estado de cosas por el que valía la pena luchar. Asimismo, creía que los hechos eran tales como parecían, que me hallaba en realidad en un Estado de trabajadores,y
que la burguesía entera había huido, perecido o se había pasado por propia voluntad al bando de los obreros; no me di cuenta de que gran número de burgueses adinerados simplemente esperaban en las sombras y se hacían pasar por proletarios hasta que llegara el momento de quitarse el disfraz.

Además de todo esto,se vivía la atmósfera enrarecida de la guerra. La ciudad tenía un aspecto desordenado y triste, las aceras y los edificios necesitaban reparaciones, de noche las calles se mantenían poco alumbradas por temor a los ataques aéreos,la mayoría de las tiendas estaban casi vacías y poco cuidadas. La carne escaseaba y la leche prácticamente había desaparecido;faltaba carbón,azúcar y gasolina,y el pan era casi inexistente.En esos días las colas para conseguir pan alcanzaban a menudo cientos de metros. Sin embargo, por lo que se podía juzgar, hasta ese momento la gente se mantenía contenta y esperanzada.No había desocupación y el costo de la vida seguía siendo extremadamente bajo; casi no se veían personas manifiestamente pobres y ningún mendigo,exceptuando a los gitanos.Por encima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro,un sentimiento de haber entrado de pronto en una era de igualdad y libertad.Los seres humanos trataban de comportarse como seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista.En las barberías (los barberos eran en su mayoría anarquistas) había letreros donde se explicaba solemnemente que los barberos ya no eran esclavos.En las calles, carteles llamativos aconsejaban a las prostitutas cambiar de profesión.
Para cualquier miembro de la civilización endurecida y burlona de los pueblos de habla inglesa había algo realmente patético en la literalidad con que estos españoles idealistas tomaban las gastadas frases de la revolución.En esa época las canciones revolucionarias del tipo más ingenuo,todas ellas relativas a la hermandad proletaria y a la perversidad de Mussolini,se vendían por pocos céntimos.A menudo vi a milicianos casi analfabetos que compraban una,la deletreaban trabajosamente y comenzaban a cantarla con alguna melodía adecuada.


En los cuarteles Lenin éramos unos mil hombres y una veintena de mujeres,aparte de las esposas de milicianos que se encargaban de cocinar.Todavía quedaban algunas milicianas, pero no muchas. En las primeras batallas pareció natural que lucharan junto a los hombres; siempre sucede eso en tiempos de revolución. Pero las ideas ya habían empezado a cambiar.A los milicianos les estaba prohibido acercarse a la escuela de equitación mientras las mujeres se ejercitaban, porque se reían y burlaban de ellas.Pocos meses antes nadie hubiera encontrado nada cómico en una mujer con un fusil en la mano.





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Otro libro emocionante sobre el tema es este, del que a continuacion os transmito unos parrafos















LA EMOCIÓN TRANSGREDE MAS QUE EL PENSAMIENTO

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EL PENSAMIENTO ES PLANO LA EMOCIÓN ES MULTIDIMENSIONAL

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EL FUTURO DE LA HUMANIDAD ESTA EN COMUNICARSE CON LAS EMOCIONES Y DESBANCAR EL PENSAMIENTO POR ANTICUADO Y SIMPLE

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CUANDO LAS EMOCIONES OBTENGAN SU VALOR SOCIAL VERDADERO, SUCUMBIRÁ UNO DE LOS PEORES MALES DE ESTE MUNDO, EL PEOR...EL LLAMADO "DINERO" QUE DESAPARECERÁ JUNTO CON TODA ESTA ERA DEL MATERIALISMO TAL COMO LO CONOCEMOS

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OTRO MUNDO ES POSIBLE Y ESTA EN ESTE...

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NO CREAIS EN LAS FALACIAS, LAS UTOPIAS SON POSIBLES,LO UNICO QUE NOS DETIENE ES NO SABERLO

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